El Gobierno y la Historia de Florencia

GOBIERNO

El 2 de junio de 1946, una vez abolida la monarquía y mediante un referéndum, fue proclamada la república en Italia. La Constitución fue aprobada el 1 de enero de 1948.

Poder ejecutivo

El presidente de la República es elegido cada siete años por un colegio electoral integrado por el Parlamento en sesión conjunta, más tres delegados de cada uno de los 20 entes regionales, excepto el del Valle de Aosta que cuenta sólo con un delegado. El presidente, que debe tener como mínimo cincuenta años de edad, es elegido, normalmente, por una mayoría compuesta por los dos tercios de las cámaras legislativas. Entre sus prerrogativas se encuentra la de poder disolver el Senado y la Cámara de Diputados siempre que lo considere oportuno, excepto durante los últimos seis meses de su mandato. El presidente, que no se ocupa directamente de las acciones de gobierno, elige para tal fin al primer ministro, que debe conseguir la confianza de los miembros del Parlamento. Además, nombra al Consejo de Ministros. El primer ministro es, generalmente, el líder del partido que ha obtenido mayor número de escaños en la Cámara de Diputados.

Poder legislativo

El Parlamento italiano se compone del Senado de la República y la Cámara de Diputados, que son elegidos por sufragio universal cada cinco años. Durante mucho tiempo, el sistema de elección de representantes se basó en un sistema por el cual se votaba a los partidos políticos, que eran quienes elegían los representantes según el sistema proporcional de representación. Los escándalos políticos por motivos de corrupción que salieron a la luz a comienzos de la década de 1990 dieron lugar a la celebración de referendos en abril de 1993. El resultado de ellos fue el cambio a un sistema de elección más directo que se puso en funcionamiento en las elecciones de marzo de 1994. Con este nuevo sistema, el 75% de los 630 escaños de la Cámara de los Diputados, y una proporción equivalente de escaños, 326, del Senado, se eligen de forma directa. El 25% de los escaños restantes es elegido por los partidos políticos y depende del éxito electoral de cada uno de ellos. Al Senado también pertenece un grupo de miembros formado por anteriores presidentes y los miembros de honor por ellos nombrados (cada presidente puede nombrar cinco senadores). Sólo pueden ser senadores los ciudadanos de 25 o más años. Todos los ciudadanos mayores de 18 años pueden hacer efectivo su derecho al voto.

Poder judicial

El Tribunal Supremo de Casación (Corte Supreme di Cassazione) es el más alto tribunal en todos los temas excepto en los relacionados con la Constitución. El Tribunal Constitucional está compuesto por 15 miembros, cinco elegidos por el presidente de la República, cinco por el Senado y la Cámara de Diputados y cinco por los tribunales superiores de justicia. El sistema judicial criminal está formado por tribunales de distrito y tribunales y cortes de apelación.

Gobierno local

El país está dividido en 20 regiones que a su vez están subdivididas en 94 provincias. Cada región cuenta con su propio órgano de gobierno elegido por sufragio y todas gozan de una considerable autonomía. Al frente de cada provincia se encuentra el prefecto, nombrado por el gobierno central, ante el que responde de su función de gobierno, pero que en la práctica cuenta con poco poder. El verdadero gobierno de la provincia está en manos de un consejo electo y un comité ejecutivo provincial. Por último, el territorio está dividido en ayuntamientos, que es el ente político básico, y cuyo tamaño oscila entre el de una pequeña localidad al de una gran ciudad como Nápoles. A comienzos de la década de 1990 existían más de 8.000 ayuntamientos. El órgano de gobierno local es el Consejo Municipal, que es elegido cada cuatro años por sufragio universal. El alcalde es elegido por los concejales.

Partidos políticos

Después de las transformaciones sufridas durante la década de 1990, que condujeron a la desaparición de los tradicionales partidos que habían dominado la vida política desde la caída de la monarquía, y aun antes, el escenario partidista actual está básicamente dominado por dos grandes coaliciones y por la existencia de un sinnúmero de agrupaciones políticas, muchas de ellas incluidas en esas concentraciones.

Las dos grandes coaliciones presentadas en las elecciones legislativas de 2001 fueron La Casa de las Libertades, de centro y de derecha; y El Olivo, que englobó a muchos de los partidos de centro y de izquierda. La Casa de las Libertades estuvo compuesta por la heterogénea Forza Italia; la posfascista y liberal-conservadora Alianza Nacional; la nacionalista Liga Norte; el Nuevo Partido Socialista Italiano; y Blancaflor, denominación con la que acudió a aquellos comicios una unión de los democristianos y los demócratas de centro. Por su parte, El Olivo estuvo integrado por los socialdemócratas y ex comunistas Demócratas de Izquierda; La Margarita, coalición a su vez liderada por el Partido Popular Italiano; El Girasol, formado por la Federación de los Verdes y por Socialistas Democráticos Italianos; y el Partido de los Comunistas Italianos. Al margen de ambas coaliciones, cabe destacar a la Refundación Comunista.

Salud y bienestar social

En 1980 fue establecido el servicio de salud público cuyo objeto era la asistencia médica gratuita a todos los ciudadanos. En 1999 cada médico atendía a 169 personas y se disponía de una cama de hospital para cada 182 habitantes. La Seguridad Social, financiada en su mayor parte por los empresarios, se hizo extensiva a los discapacitados y las personas mayores de edad, así como a los pensionistas, agricultores, obreros agrícolas en paro y aprendices. En 2005 la esperanza de vida era de 83 años para las mujeres y de 77 para los hombres. La tasa de mortalidad infantil era de 6 por cada mil nacimientos.

Defensa

Las Fuerzas Armadas han experimentado un gran crecimiento tras la adhesión del país a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1949. En 2003, las Fuerzas Armadas contaban con 194.000 personas, de las cuales 116.000 integraban el Ejército de Tierra; 34.000, la Marina; y 48.000, las Fuerzas Aéreas. El servicio militar tiene carácter obligatorio para los hombres y su duración es de un año.

Historia

Para el periodo de la historia de Italia anterior al siglo V, véase historia de Roma. Para información adicional sobre el desarrollo de la Italia moderna, véase civilización etrusca, Florencia, Génova, Lombardía, Milán, Nápoles, Estados Pontificios, Casa de Saboya, Sicilia, Toscana y Venecia.

La edad media

En el 476 Odoacro, rey de los hérulos, depuso a Rómulo Augústulo, el último emperador de Occidente, y se hizo con el poder. En el 488, Teodorico, rey de los ostrogodos, invadió Italia y, tras derrotar y asesinar a Odoacro, se proclamó soberano absoluto. Su reinado se prolongó hasta su muerte, ocurrida en el 526. Justiniano, emperador de Oriente (véase Imperio bizantino), encargó al general Belisario que expulsara de la península Itálica a los invasores germánicos. El terrible conflicto que siguió finalizó en el 553 con la muerte de Teias, el último de los reyes godos. No obstante, el dominio de Bizancio fue breve, ya que en el año 572 los lombardos, otro pueblo germánico, invadió la península. Su rey, Alboíno, fijó la capital del reino en Pavía, y desde allí inició una serie de campañas con las que se hizo con el control de los enclaves bizantinos, excepto la zona sur de la provincia y el exarcado de Ravena, en el norte.

Conflictos religiosos

Tras la muerte de Alboíno en el 572, se produjo un vacío de poder que propició la unión de distintos grupos bajo el mando de un líder regional llamado duci. Los lombardos, como anteriormente los godos, abrazaron el credo herético denominado arrianismo, que originó continuos enfrentamientos religiosos con los habitantes nativos del país, que mayoritariamente profesaban el catolicismo. El conflicto adquirió mayor intensidad cuando los papas vieron incrementado su poder. Finalmente, la conversión a la fe católica del rey lombardo Agilulfo (reinó entre 590-615) trajo consigo un periodo de relativa calma. Los lombardos, que pretendían consolidar su poder político, empezaron a hacer incursiones en territorio papal, e incluso amenazaron a Roma, el centro del poder eclesiástico. En el 754 el papa Esteban II pidió ayuda a los francos, convertidos a la fe católica un siglo antes. Bajo el fuerte liderazgo de Pipino el Breve y posteriormente su hijo, Carlomagno, los francos derrotaron a los lombardos y depusieron a su último rey en el 774. El día de Navidad del 800, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador de Occidente.

Cuando en el siglo IX los sarracenos conquistaron Sicilia y amenazaron con conquistar Roma, el papa León IV pidió ayuda a Luis II, nieto de Carlomagno, que detuvo el avance de los invasores. Sin embargo, tras la muerte del rey Luis II, consiguieron hacerse con el poder en el sur de Italia y obligaron a los papas a pagar tributos. A partir de entonces, y durante mucho tiempo, la historia de Italia es una sucesión de coronaciones y caídas de reyes sin importancia, entre ellos Guido II, Berengario I y Hugo de Provenza. Este periodo de anarquía finalizó en el 962, cuando Otón I el Grande, rey de Germania, se hizo con el poder en el norte de Italia y con la corona lombarda y se hizo coronar emperador por el papa Juan XII. El hecho es considerado por muchos como el nacimiento de la nación germana y la fundación del Sacro Imperio Romano Germánico.

El enfrentamiento entre el Papado y el Sacro Imperio Romano

Hasta el fin de la edad media, los emperadores del Sacro Imperio Romano proclamaron, y ejercieron, en distintos grados, la soberanía sobre toda Italia; sin embargo, por motivos prácticos la autoridad imperial se había convertido en simbólica a comienzos del siglo XIV. Mientras tanto, el sur de Italia había permanecido bajo la influencia bizantina y lombarda. En el siglo XI, los normandos acabaron con el poder bizantino y expulsaron a los lombardos, y en 1127 unieron los territorios que habían conquistado con Sicilia, arrebatada a los sarracenos. Estos acontecimientos coinciden con un cierto resurgir de la autoridad papal, que durante mucho tiempo había estado velada por la autoridad de los emperadores. Los enfrentamientos entre el Imperio y el Papado alcanzaron su punto de máxima tensión en la Querella de las Investiduras. Tras el Concordato de Worms (1122), el emperador delegó en los cardenales el derecho a elegir al papa. Al tiempo que se fortalecía la influencia del Papado, se hacía cada vez más patente la oposición al continuado poder ejercido por los emperadores, que se manifestaba en las cada vez más numerosas ciudades-estados. En la península, el feudalismo no había logrado implantarse tan sólidamente como en Francia y Alemania. Su relativa debilidad se debía en gran parte a la supervivencia de las tradiciones romanas y a la existencia de un gran número de ciudades que impedían la extensión del sistema feudal, eminentemente rural. La ciudades del norte desafiaron el poder del emperador Federico I Barbarroja, quien luchó en numerosas guerras contra ellas. Finalmente, en 1167 se creó la Liga Lombarda, una alianza de ciudades italianas, que en 1176 derrotó al emperador en Legnano; en 1183, con la firma de la Paz de Constanza, las ciudades del norte de Italia aseguraron su independencia. El emperador Federico II hizo un último e infructuoso intento de vencer al Papado y a sus aliados. Italia se encontraba dividida por las luchas entre los partidarios del emperador, los güelfos, y sus adversarios, los gibelinos.

Mientras tanto, en 1266, la Italia meridional y la isla de Sicilia pasaron a ser posesión de la Casa de Anjou, hasta que en 1282 los sicilianos se liberaron de la dominación francesa y aceptaron la autoridad de Aragón. VéaseVísperas Sicilianas.

El ascenso de las ciudades-estado

Gracias a la actividad comercial desarrollada en algunas ciudades del norte de Italia, éstas habían experimentado un crecimiento que les había permitido crear gobiernos oligárquicos que poco a poco se hacían más democráticos. Los ricos mercaderes de estas ciudades, una vez asegurada su independencia frente a la autoridad de los gobernantes del Sacro Imperio Romano Germánico, comenzaban a cuestionarse la autoridad de la nobleza. Con el tiempo, los nobles fueron despojados de su autoridad y obligados a abandonar sus inmensas propiedades. Venecia, gracias a su participación en la cuarta Cruzada, había conseguido posesiones ingentes en el Imperio bizantino y había desarrollado un imperio comercial a gran escala. Pisa, Génova, Milán y Florencia también se habían hecho poderosas. Entre Génova y Venecia se desencadenó muy pronto una dura lucha por el poder, que acabó con la victoria de los venecianos a finales del siglo XIV.

En las ciudades de la Italia septentrional y central perduraban los conflictos entre güelfos y gibelinos. El carácter de los primeros, más progresista, chocaba con la actitud más conservadora de los segundos, lo que daba lugar a continuos enfrentamientos entre ambos grupos, que acababan a menudo con el destierro del grupo perdedor. En ocasiones, el grupo desterrado intentaba hacerse nuevamente con el poder con la ayuda de otras ciudades, de modo que esto daba lugar a una continua sucesión de alianzas, conquistas y treguas. La situación tenía consecuencias muy negativas para el comercio y la industria de las ciudades del norte. Para intentar solucionarla se creó la figura del ‘magistrado jefe’ con objeto de hacer de mediador entre las distintas partes en conflicto. Sin embargo, a causa de su ineficacia se convirtió en un simple agente judicial. El puesto de gobernante pasó entonces a ocuparlo un ‘capitán del pueblo’, que representaba al grupo dominante y era ejercido normalmente por un noble. La población, que anhelaba hacía mucho tiempo la paz, accedió al establecimiento de una autoridad centralizada. De esta forma, en todas las ciudades pasó a gobernar un déspota, cuyo cargo en muchas ocasiones llegó a ser hereditario, como ocurrió con algunas familias de nobles, entre ellas los Scala, en Verona; los Este, en Ferrara; los Malatesta, en Rímini; y los Visconti, y más tarde los Sforza, en Milán. Bajo la autoridad de los déspotas, las ciudades prosperaron, el lujo invadió el modo de vida y florecieron la literatura y las artes. Las ciudades más pequeñas, con el paso del tiempo, quedaron bajo la influencia de las más poderosas.

Periodo de prosperidad

A mediados del siglo XV Italia disfrutaba de un periodo de prosperidad y relativa calma. Su posición era de clara superioridad intelectual sobre el resto de los países europeos como motor del gran movimiento cultural conocido como renacimiento. En este resurgir de la cultura, la región de Toscana desempeñó un papel de primer orden; de ella salieron figuras tan importantes como el gran poeta Dante Alighieri y el pintor Giotto. Pero casi a finales del siglo, Italia se convirtió en el escenario de las guerras que enfrentaron a Francia, España y el Imperio y que se resolvieron con el dominio de España y los Habsburgo austriacos. En 1494 Carlos VIII, rey de Francia, intentó conquistar el reino de Nápoles, que pertenecía a la Corona de Aragón. El duque de Milán, Ludovico Sforza y los ciudadanos de Florencia, que no estaban conformes con la autoridad ejercida por la familia Medici, persuadieron al rey Carlos, que invadió Italia, ocupó Nápoles y firmó un tratado con Florencia que estipulaba la expulsión de los Medici, así como la sumisión del Papa. Sin embargo, España, el Papado, el emperador y las ciudades de Venecia y Milán se aliaron contra él y expulsaron de Nápoles a Carlos VIII. Esta incursión de Francia en la península italiana no tuvo consecuencias políticas de importancia, aunque sí culturales, ya que supuso la difusión de la cultura italiana por todo el continente europeo.

La edad moderna y el comienzo de la edad contemporánea

Durante el siglo XVI los Estados italianos fueron presa de otros países. En 1499, Luis XII, rey de Francia y sucesor de Carlos VIII, conquistó Milán. En 1501, Fernando II el Católico, rey de Sicilia desde 1468, unificó en una única corona los reinos de Nápoles y Sicilia.

La rivalidad entre el emperador Carlos V y Francisco I, rey de Francia, provocó una nueva invasión francesa de Italia en 1524. A pesar de la ayuda de aliados florentinos, genoveses y venecianos, la invasión terminó resultando un fracaso. Con la firma de la Paz de Cambrai (1529) el rey Francisco I renunciaba a todas sus pretensiones sobre el territorio italiano, y aunque en la década de 1540 intentó nuevamente reanudar el conflicto, no pudo socavar la hegemonía del emperador Carlos V en Italia. Cuando en 1535 la familia Sforza perdió el control de la ciudad de Milán, el emperador se hizo también con el control del ducado, por lo que el Milanesado fue una posesión española durante casi doscientos años. Sólo Génova y Venecia conservaron su poderío de entre todos los Estados italianos. El último gran logro de Venecia fue la conquista del Peloponeso en 1684, que perdió en 1715.

Durante el siglo XVIII, Italia continuó dividida y bajo el dominio de las potencias extranjeras. Hasta 1748 fue el escenario de las guerras de sucesión europeas en las que se redefinió un nuevo equilibrio internacional. Venecia volvió su vista al este, el Papado quedó cada vez más aislado y Florencia perdió definitivamente su importancia en la zona. Saboya, situada entre Francia y las posesiones de los Habsburgo en Italia, pasó a desempeñar un dominio cada vez mayor. El duque Víctor Amadeo II resultó victorioso y fortaleció su poder tras la guerra de Sucesión española. Los Tratados de Utrecht otorgaron Sicilia al duque, que él cedió a Austria en 1720 a cambio de Cerdeña. También mediante dichos tratados las posesiones de España en Italia fueron transferidas al Sacro Imperio, que dominó la península Itálica durante casi toda la segunda mitad del siglo XVIII.

El periodo napoleónico

En 1796 Napoleón Bonaparte, que más tarde sería emperador de Francia, invadió Italia. Como consecuencia de sus conquistas, el Tratado de Campoformio (1797) establecía la creación de la República Cisalpina, con Milán como capital, y la República Ligur, con capital en Génova. Posteriormente, la República Cispadana (Reggio, Módena y Bolonia) quedó incorporada a la República Cisalpina. Además, Venecia y su territorio pasó a ser una posesión de Austria. En 1805, Napoleón fue coronado rey de Italia en Milán. Al año siguiente se hizo con el reino de Nápoles, sin embargo no pudo conquistar la isla de Sicilia que la flota inglesa defendió para sus soberanos Borbones. El reino de Nápoles fue entregado primero a José Bonaparte, hermano de Napoleón, y más tarde a su cuñado Joachim Murat. En 1810, toda la península, incluida Roma, estaba bajo el control del Imperio francés.

El dominio de Napoléon sobre Italia empezó a debilitarse tras la derrota sufrida por el emperador en Leipzig (1813) que siguió a la invasión del norte de Italia por Austria y la ocupación de Génova por la flota inglesa. El Congreso de Viena (1814-1815) devolvió a Austria el control del reino de Lombardia-Venecia, le otorgó Trentino, Istria, Trieste y Venecia Julia, y le permitió gobernar por medio de su dinastía en Toscana, Módena y Parma. Sólo el reino de Piamonte-Cerdeña, el de Nápoles y los Estados Pontificios mantuvieron la independencia política.

El Risorgimento

La cada vez mayor oposición de los italianos al dominio austriaco se manifestó en un sentimiento cada vez más fuerte en favor de la unidad nacional y la independencia, cuyo primer síntoma fue el nacimiento de una red de sociedades secretas, en especial las que integraban el movimiento denominado “carbonarismo”, surgido en el sur de Italia, que desempeñaron un papel de vital importancia en el transcurso de las revoluciones de 1820, fuertemente reprimidas por Austria.

Los movimientos nacionalistas

La revolución de julio de 1830, que provocó el derrocamiento de Carlos X en Francia, tuvo gran repercusión en Italia. En 1831 estallaron insurrecciones en los Estados Pontificios. Representantes de diversas regiones, excepto de Roma y unas pocas ciudades fronterizas con Ancona, se reunieron en Bolonia y acordaron el establecimiento de la república como forma de gobierno. El papa Gregorio XVI pidió ayuda a Austria para sofocar el movimiento revolucionario en los dominios papales y la ciudad fue puesta bajo control militar.

Tras la muerte del rey Carlos Félix de Cerdeña (1831), ocupó el trono Carlos Alberto, que prometió al pueblo una constitución. Giuseppe Mazzini, que creía en el talante liberal del príncipe Carlos Alberto, animó al nuevo rey a que emprendiera la misión de liberar Italia. El rey encarceló a Mazzini, a pesar de lo cual los patriotas italianos siguieron viendo en el monarca el líder del movimiento.

Desde su exilio en Marsella, Mazzini fundó en 1831 una organización llamada Joven Italia para difundir el sentimiento nacionalista y republicano entre los italianos. El hecho de que los levantamientos fueran siempre reprimidos provocó que parte de los italianos se cuestionaran el uso de métodos radicales y empezaran a pensar que debería ser otro tipo de líder el que dirigiera la causa nacionalista.

El movimiento neogüelfista pretendía el establecimiento de un nuevo orden en que el papa sería a un tiempo el dirigente político y religioso de Italia. En 1846, la elección del papa Pío IX animó a los seguidores de los movimientos nacionalista y neogüelfista, que veían en el nuevo pontífice un hombre de talante liberal y partidario del proceso unificador italiano. Pío IX, puso inmediatamente en marcha un extenso programa de reformas en los Estados Pontificios: amnistía para los presos políticos, retorno de los exiliados, libertad de expresión, acceso de los seglares a los órganos de gobierno y la creación de una órgano de consulta encargado de sugerir nuevas reformas. El ejemplo del papa fue seguido por los gobernantes de Lucca, Toscana y Piamonte. No obstante, las reformas de 1846 y 1847, lejos de apaciguar el movimiento revolucionario, lo intensificaron. En enero de 1848 el pueblo de Palermo expulsó al ejército de Fernando II, rey de las Dos Sicilias, que, en respuesta al estallido de revoluciones en el continente, prometió a sus súbditos una constitución. A su vez, Leopoldo II, gran duque de Toscana, aprobó una constitución para su ducado. En Turín, el rey Carlos Alberto, por sugerencia de Camillo Benso, conde de Cavour, prometió también la aprobación de una constitución. Por su parte, el papa Pío IX, de mala gana, aceptó una constitución para los Estados Pontificios, aunque contemplaba el curso de los acontecimientos con preocupación.

Los movimientos revolucionarios de 1848

El estallido de la revolución en Viena en 1848, que acabó con el mandato del canciller austriaco Klemens de Metternich, fue el detonante de la revuelta que tuvo lugar el 18 de marzo en Milán. El 22 de marzo, el pueblo expulsaba de la ciudad a las tropas austriacas. En Venecia se repitieron los acontecimientos y fue proclamada la república. Los monarcas absolutistas de Parma y Módena se vieron obligados a abandonar sus tronos. En Piamonte, los nacionalistas instaban a una guerra de liberación para arrojar a los austriacos de Italia. Superadas las dudas iniciales, el rey Carlos Alberto marchó con su ejército en ayuda de Lombardía y se proclamó como el liberador de Italia. Sin embargo, las esperanzas del pueblo italiano se desvanecieron cuando a finales de abril Pío IX se negó a participar en la guerra. A mediados de mayo la revolución fracasó en Nápoles, y el 24 de julio los austriacos derrotaron a los piamonteses. Un armisticio, contra el que se manifestó más tarde el rey Carlos Alberto, permitió a los piamonteses abandonar Lombardía. El rey fue finalmente derrotado en la batalla de Novara en marzo de 1849, y después abdicó en favor de su hijo, Víctor Manuel II.

La revolución en Roma

Mientras tanto, Pío IX fue acusado por los elementos radicales de no haber dado su apoyo a la guerra en favor de la independencia. En Roma estalló una revuelta popular que obligó al Papa y a su más cercano consejero, el cardenal Giacomo Antonelli, a huir de la ciudad en noviembre de 1848. En su ausencia se proclamó la república. A principios del año 1849, el cardenal Antonelli pidió ayuda a las autoridades católicas de Francia, Austria, España y Nápoles para acabar con este régimen. A pesar de los esfuerzos de Mazzini, que estaba al frente del gobierno, y del líder militar Giuseppe Garibaldi, los austriacos atacaron desde el norte y los españoles y napolitanos desde el sur, permitiendo al ejército francés ocupar Roma en julio de 1848. De esta forma el poder papal fue restaurado.

Garibaldi y Cavour

El rey Víctor Manuel II se mantuvo fiel a la Constitución liberal que su padre había promulgado y a la bandera tricolor, símbolo de la Italia libre, con lo que propició que los refugiados políticos procedentes de los estados conservadores buscaran asilo político en Cerdeña. En 1852 Cavour se convirtió en primer ministro de Cerdeña y en 1855 hizo que el país participara, junto con Gran Bretaña y Francia, en la guerra de Crimea. En la conferencia de paz celebrada en París en 1856, Cavour, con la connivencia del emperador francés Napoleón III, presentó la cuestión italiana como un problema de carácter internacional. En 1858 mantuvo una reunión secreta con Napoleón para planear la ofensiva conjunta de Francia y Cerdeña contra Austria para liberar definitivamente Italia. La guerra estalló en 1859. La coalición franco-italiana ganó las batallas de Magenta y Solferino, no sin gran esfuerzo. Napoleón, temeroso de las consecuencias de embarcarse en una larga guerra, abandonó a los italianos y firmó, en julio de 1859, un preacuerdo con los austriacos sin la participación de Cerdeña. Después, ésta aceptó los términos del Tratado de Zurich: Austria cedió casi toda Lombardía a Francia, que a su vez cedió las ciudades lombardas de Peschiera y Mantua a Cerdeña. En varios lugares se estaba preparando el terreno para la unificación italiana. Una serie de plebiscitos celebrados en 1860 pusieron de manifiesto el deseo de los habitantes de la Romaña y de los ducados de Parma y Módena de unirse a Cerdeña. Francia obtuvo, según lo acordado en el Tratado de Turín, las regiones de Niza y Saboya. En abril de 1860, estalló en Palermo una nueva revuelta contra Francisco II, rey de las Dos Sicilias. En mayo, Garibaldi, con la ayuda secreta de Cavour, dirigió una expedición contra Génova en apoyo de la revuelta siciliana. Garibaldi se hizo con el control en Sicilia y en agosto atacó tierras napolitanas, para acabar entrando en la misma ciudad de Nápoles el 7 de septiembre. Francisco II se refugió en una fortaleza de Gaeta. El gobierno de Cerdeña, mientras simpatizó con la causa de Garibaldi, se mantuvo en una posición neutral; sin embargo, cuando éste amenazó con atacar Roma, que estaba protegida por los franceses, se alarmó. Con el permiso de Napoleón III, Cavour trasladó sus tropas a los Estados Pontificios en un intento de bloquear el avance de Garibaldi. Finalmente, Cerdeña se hizo con casi la totalidad de los Estados Pontificios dejando al papa sólo la posesión de Roma y sus inmediaciones. Mientras tanto, se celebraron plebiscitos en Nápoles y Sicilia, así como en las zonas fronterizas y Umbría, todos ellos con resultado favorable a la unión con el reino de Piamonte-Cerdeña, que desde la primera mitad de 1860 había pasado a denominarse Reino de Italia del Norte.

El reino de Italia

El 17 de marzo de 1861 tuvo lugar la proclamación del reino de Italia. Víctor Manuel II pasó a ser su rey y Cavour el primer ministro. Sin embargo, aún quedaban dos regiones fuera del reino, Roma y Venecia. Cavour, que estaba trabajando para conseguir una unificación pacífica de todo el reino, murió en junio. Al año siguiente Garibaldi marchó a Sicilia y organizó la marcha sobre Roma. Temeroso de una intervención francesa, el gobierno italiano denunció a Garibaldi, que junto con sus seguidores, fue detenido por las tropas del rey cuando desembarcó en Calabria y obligado a rendirse en agosto de 1862. En 1866 Italia se alió con Prusia en la Guerra Austro-prusiana contra Austria y finalmente se hizo con el control de Venecia. Por el contrario, Roma seguía siendo reacia a la unificación, animada por la victoria que Francia y el Papado habían obtenido frente a la nueva tentativa de Garibaldi y sus seguidores, que habían sido derrotados en Mentana (1867). En 1870, las reservas francesas que participaban en la Guerra Franco-prusiana indujeron a Napoleón III a retirar sus tropas de Roma, con lo que los italianos pudieron finalmente entrar en la ciudad. En octubre se celebró un plebiscito cuyo resultado fue favorable a la unión con el reino de Italia, y en julio de 1871 Roma se convertía en la capital de la Italia unificada.

La aventura colonial

Tras la muerte de Víctor Manuel (enero de 1878), su hijo, Humberto I, ascendió al trono de Italia. Durante su reinado, Italia firmó en 1882 la Triple Alianza con Alemania y el Imperio Austro-Húngaro, que imponía una división de Europa en dos bloques enfrentados. Humberto I fue asesinado el 29 de julio de 1900 por un anarquista, tras lo cual su hijo, Víctor Manuel III, ocupó el trono. Mientras tanto, animado por los ejemplos de Francia y Gran Bretaña y por el deseo de que los problemas sociales y económicos del país pasaran inadvertidos, el gobierno puso en marcha un programa de política colonial. A comienzos de 1885, una expedición italiana ocupaba una parte de África oriental que en 1890 se consolidó como la colonia italiana de Eritrea. Ese mismo año Italia creó un protectorado al sur de la Somalia británica. Después, el primer ministro Francesco Crispi decidió avanzar posiciones desde los territorios costeros y tomar las tierras interiores de Etiopía, pero en 1896 los italianos sufrieron una seria derrota en Adua y, por el Tratado de Addis Abeba, se vieron obligados a reconocer la independencia de Etiopía. En 1911 intentó hacerse con el dominio de Libia y entró en guerra con el Imperio otomano, consiguiendo finalmente la posesión de Tripolitania y Cirenaica.

Italia antes de la I Guerra Mundial

Entre 1901 y 1914, el primer ministro Giovanni Giolitti gobernó en el país, siendo éste un periodo caracterizado por el intenso desarrollo social y económico. Giolitti fue acusado de interferir en el proceso electoral, de tolerar el proteccionismo y de haber creado en la práctica una dictadura parlamentaria, sin embargo, fue el artífice de la creación de la Italia moderna. Mientras presidió el Consejo llevó a cabo un gran número de reformas: reconoció el derecho a la huelga de los trabajadores, introdujo cambios en la ley electoral que permitieron a un mayor número de votantes participar en los sufragios, permitió la participación de los católicos en la toma de decisiones políticas y además se aprobó la primera ley destinada a la estimulación del desarrollo de la zona meridional del país. En cuanto a la política exterior, mejoró la relación con Francia mientras Italia formó parte de la Triple Alianza. Durante la era Giolitti, la tasa de crecimiento industrial era del 87% y el salario de la masa trabajadora creció por encima del 25%, y además se redujo la jornada laboral y se garantizó el derecho de los trabajadores a disfrutar de días de descanso. En muchos aspectos, Italia era una democracia en vías de formación, pero el estallido de la I Guerra Mundial frenó su proceso de crecimiento.

La I Guerra Mundial

Cuando en agosto de 1914 estalló la I Guerra Mundial, el gobierno italiano abandonó la Triple Alianza y se declaró neutral. Tras la firma del Tratado de Londres con las potencias aliadas, Italia declaró la guerra al Imperio Austro-Húngaro, al Imperio otomano y un año más tarde a Alemania. Italia envió un gran ejército a la región de Trentino, en el Tirol meridional; después, en 1916, los austriacos atacaron en varios puntos del noreste de Trento y de la orilla oriental del río Adigio, y se hicieron con las ciudades de Asiago y Asiero. Los italianos lograron recuperar casi todo el territorio y tras lanzar una ofensiva sobre el río Isonzo, en la región de Venecia Julia, el 9 de agosto tomaron la ciudad de Gorizia. Sin embargo, el ejército italiano avanzaba poco. En octubre de 1917, un ejército conjunto de austriacos y alemanes atacó a los italianos, que sufrieron una dramática derrota en Caporetto. Los italianos retrocedieron y abandonaron tanto Gorizia como las mesetas de Kras. La línea italiana desde los Alpes Julianos hasta el mar Adriático se encontraba amenazada por el enemigo. Los italianos se retiraron al río Piave y, ayudados por un pequeño grupo contingente franco-británico, consolidaron sus defensas y pudieron enfrentarse con el ejército austriaco que atacó en junio de 1918. Los italianos y sus aliados tomaron la iniciativa en la ofensiva, y consiguieron una victoria aplastante en la batalla de Vittorio Véneto, que tuvo lugar entre el 24 de octubre y el 4 de noviembre. Después, el ejército italiano ocupó Udine y Trento, al tiempo que la Marina desembarcaba en Trieste. Entretanto, el 3 de noviembre, el gobierno de Austria-Hungría y los aliados firmaron un armisticio. Las bajas italianas durante la guerra superaron el medio millón. En los tratados firmados tras el conflicto, Italia se hizo con el control del Trentino-Alto Adigio hasta el paso del Brennero, Trieste, Istria y el Tirol meridional, pero no consiguió hacerse con el resto de los territorios que contemplaba el Tratado de Londres, especialmente Dalmacia y Fiume, lo que generó la cuestión del irredentismo italiano. En noviembre de 1920 Italia y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (posteriormente llamado Yugoslavia) firmaron el Tratado de Rapallo, por el que Italia renunciaba a Dalmacia y Fiume pasaba a ser una ciudad libre.

Los años de la posguerra

Entre 1919 y 1922, el país vivió una etapa de problemas sociales y políticos, inflación y conflictos económicos que se agravaron por la creencia de que Italia había ganado la guerra pero había perdido la paz. Bandas armadas con fuertes inclinaciones nacionalistas, los fascistas se enfrentaban con grupos socialistas y comunistas en Roma, Bolonia, Trieste, Génova, Parma y otros puntos del país. Durante el último mandato de Giolitti (1920-1921), se recuperó al menos en apariencia la normalidad. El primer ministro creó un bloque nacional integrado por liberales, nacionalistas y otros grupos políticos, incluidos los fascistas, pero no consiguió consolidar una mayoría parlamentaria estable debido a la oposición de los dos partidos políticos mayoritarios: el Partido Socialista Italiano (PSI) y el recién creado Partido Popular Católico (o democristiano). Ante la situación, Giolitti dimitió, quedando el país sumido en un periodo de incertidumbres. Muchos propietarios temían que los campesinos les arrebataran sus tierras, la clase media y los empresarios temían el advenimiento de un régimen del tipo soviético y los conservadores católicos temían que el socialismo, el comunismo y el ateísmo amenazaran el orden religioso. El 24 de octubre de 1922, el líder del movimiento fascista, Benito Mussolini, que contaba con el apoyo de los conservadores y de antiguos militares, pidió que la formación del gobierno le fuera encargada a su partido, e incluso amenazó con tomar el poder por la fuerza si su propuesta era rechazada. Los fascistas organizaron la denominada ‘Marcha sobre Roma’ que acabó con la dimisión del primer ministro, Luigi Facta. El 28 de octubre de ese año, el rey Víctor Manuel III le encargó a Mussolini la formación de un nuevo gobierno.

La dictadura fascista

Aunque Mussolini fue investido de amplias prerrogativas de gobierno con objeto de restaurar el orden en el país, al principio gobernó dentro de los márgenes constitucionales. En 1923 encabezó un gobierno de coalición en el que participaban liberales, nacionalistas, y católicos, así como los seguidores del fascismo. La violencia desatada en las elecciones de 1924 y el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti ese mismo año provocó la supresión del orden constitucional. Poco a poco Mussolini creó un Estado totalitario en el que el Parlamento carecía de poderes. Además, se declaró responsable de sus actos sólo ante el rey y obligó al Parlamento a que reconociera su autoridad para aprobar decretos con rango de ley. También estableció la censura de los medios de comunicación y en 1926 suprimió los partidos de la oposición.

Política económica

En 1928 nuevas medidas se sumaron a las anteriores en el proceso de transformación de la nación en un estado fascista. El poder supremo estaba en manos del Gran Consejo Fascista, al que pertenecían los altos cargos del partido y cuyo presidente era el primer ministro. El Gran Consejo elegía a los candidatos a la Cámara de Diputados, además de tener la prerrogativa de ser consultado sobre cualquier cuestión de importancia, especialmente sobre la elección de un heredero al trono y sucesor de Mussolini. El dictador consiguió uno de sus triunfos diplomáticos más importantes en 1929 con la firma de los Pactos de Letrán entre el Estado italiano y la Santa Sede, que acabaron con 60 años de controversia sobre el poder temporal del papa, que se originó tras la creación en Roma de la Ciudad del Vaticano. En 1934, la creación de 22 corporaciones en las que estaban representados los trabajadores y los empresarios del país, supuso un paso más en la reorganización de la actividad económica de Italia como Estado corporativo. Todas las corporaciones contaban con miembros del partido fascista en sus consejos de administración, y Mussolini era el presidente de todas ellas. Los distintos consejos formaron el Consejo Nacional de Corporaciones.

Durante la depresión económica mundial que comenzó en 1929, el gobierno fascista acentuó su intervención en la economía del país para evitar la desintegración de numerosas industrias. La construcción de nuevas fábricas o la ampliación de las ya existentes no podía llevarse a cabo sin el consentimiento expreso del gobierno, que reorganizó la industria metalúrgica, amplió las plantas hidroeléctricas y se embarcó en una serie de proyectos de obras públicas. Casi a finales de 1933, Mussolini anunció que la Cámara de Diputados debía transferir sus funciones al Consejo Nacional de Corporaciones, hecho que ocurrió en 1939, en que la Cámara de Diputados cedió su lugar a la Cámara de Fascios y Corporaciones, formada por 800 miembros nombrados por el Consejo Nacional de Corporaciones. Las corporaciones de los distintos sectores industriales se encargaban de regular los precios y salarios y planificar la política económica, entre otras funciones.

La relación con Alemania

El nombramiento en 1933 de Adolf Hitler como canciller de Alemania fue recibido con cautela por la censurada prensa italiana. Hitler, en cambio, manifestó su simpatía hacia el fascismo italiano. No obstante, el eje germano-italiano no se formó inmediatamente, y las relaciones entre Francia e Italia incluso mejoraron durante cierto tiempo, en parte debido al intento alemán de incorporar Austria al III Reich en 1934. Mussolini mandó 75.000 soldados italianos a la frontera con Austria y anunció que intervendría si Alemania invadía Austria. Italia dio un paso más en su relación con las potencias que habían sido sus aliadas durante la I Guerra Mundial en 1935, al formar junto con Francia y Gran Bretaña el Frente de Stresa, instituido en una conferencia celebrada en esta ciudad italiana para protestar contra las reiteradas violaciones del Tratado de Versalles por parte de Alemania.

La campaña de Etiopía

El suceso que trastocó la alineación de los países europeos y propició el entendimiento entre las dictaduras nacionalista de Alemania y fascista de Italia fue la invasión italiana de Etiopía en 1935. Era un hecho admitido que este país africano quedaba dentro de la esfera de influencia italiana, al que estaba vinculado por numerosos acuerdos, sobre todo comerciales. Sin embargo, Italia aprovechó cualquier ocasión para intentar hacerse con el control de Etiopía y convertirla en una colonia del imperio italiano. Antes del estallido de la guerra, Italia y Francia firmaron en 1935 un acuerdo por el que Italia se comprometía a ayudar a Francia, que pretendía evitar el rearme de Alemania, y a cambio Francia se comprometía a entregar ciertas posesiones africanas a Italia. Gran Bretaña, que vio en la agresiva política de expansión italiana una amenaza para sus intereses en África, se opuso enérgicamente al plan de Mussolini.

El 3 de octubre Italia invadió Etiopía. Cuatro días más tarde, la Sociedad de Naciones acusó a Italia de violar los compromisos adquiridos y le impuso sanciones económicas por su agresión. Sin embargo, la Sociedad de Naciones fue incapaz de hacer efectivas dichas sanciones, lo que contribuyó a que Mussolini consiguiera su propósito y, el 9 de mayo de 1936, el dictador ocupó oficialmente Etiopía y proclamó al rey Víctor Manuel III emperador de Etiopía. En el plazo de un mes, junto con Eritrea y la Somalia italiana, Etiopía formó la colonia del África Oriental Italiana. En octubre de 1936, tras el reconocimiento alemán de la conquista de Italia, Hitler y Mussolini firmaron un acuerdo de actuación conjunta de cara a conseguir sus objetivos comunes.

La Guerra Civil española

El apoyo activo de Mussolini a la causa del general Francisco Franco en la Guerra Civil española contribuyó a complicar el ya difícil panorama de la economía italiana. Las tropas italianas desempeñaron un papel de importancia en las batallas de Málaga y Santander. La Fuerza Aérea italiana participó en numerosos combates y los submarinos italianos hundieron, supuestamente, muchos barcos neutrales que se dirigían a los puertos leales al gobierno republicano cargados de combustible, alimentos y otros suministros. En la batalla de Guadalajara (marzo de 1937), el ejército republicano derrotó a las fuerzas italianas. Según un oficial italiano, la derrota se saldó con 4.000 bajas y 15.000 heridos.

El Eje Roma-Berlín

La cooperación entre Italia y Alemania empezó a dar sus frutos en 1937. Después de la visita de Mussolini a Alemania, en septiembre, Italia anunció su adhesión al Pacto Anti-Komintern que habían suscrito Alemania y Japón, y poco después abandonó la Sociedad de Naciones. La primera acción importante de la política de apoyo a Alemania fue la negativa de Mussolini a ayudar a Austria cuando en marzo de 1938 ésta fue anexionada por Alemania. Mientras tanto, la ideología nazi encontraba en Italia una aceptación cada vez mayor, lo que se reflejó en la adopción de una serie de medidas encaminadas a impedir la participación en la vida pública de los judíos italianos. Dichas medidas se completaron con la aprobación de una ley para excluir a los judíos de los órganos de gobierno tanto civiles como militares. En el transcurso de las negociaciones del Pacto de Munich (1938) y la posterior invasión alemana de los Sudetes (que condujo a la desintegración del Estado checoslovaco), Mussolini apoyó en todo momento las demandas de Hitler. En mayo de 1939 firmaron un pacto de ayuda militar, cuyas consecuencias más inmediatas fue la anexión de Bohemia y Moravia por parte de Alemania y la de Albania por parte de Italia.

La II Guerra Mundial

Cuando en septiembre de 1939 comenzó la II Guerra Mundial, Mussolini dejó claro que él no estaba obligado a ayudar militarmente a Alemania, ya que anteriormente había dejado muy claro a los nazis que Italia no estaría preparada para la guerra hasta 1942.

La entrada en la guerra

Los éxitos de Alemania durante el primer año del conflicto, hicieron que Mussolini cambiara su política. En junio de 1940, Francia había sido derrotada y Gran Bretaña estaba aislada frente al poderoso Ejército alemán; Italia decidió intervenir en el conflicto y conceder un armisticio a Francia. En agosto de 1940, el Ejército italiano del África Oriental ocupó la Somalia británica, y el mes siguiente las tropas fascistas de Libia y el África Oriental Italiana desplegaron una gigantesca maniobra que tenía como objetivo aplastar las defensas británicas de Egipto. El 28 de octubre de 1940, las fuerzas fascistas desplegadas en Albania invadieron Grecia, en teoría para desviar las tropas británicas de Egipto y asegurarse posiciones en la península griega. No obstante, la invasión no tuvo éxito y los griegos consiguieron expulsar a los italianos de Grecia y Albania. La derrota, a la que le siguieron las victorias británicas en el Mediterráneo y Egipto, hizo tambalearse los cimientos del régimen fascista. Mussolini se vio obligado a pedirle ayuda a Hitler, con lo que a partir de entonces la influencia alemana fue cada vez mayor en todos los campos de la política italiana. Los grandes cambios realizados en la cúpula militar italiana y otras reformas puestas en práctica no lograron devolver la moral al pueblo italiano.

La ocupación de los Balcanes

En 1941, Italia, además de sufrir varias derrotas, veía cómo la crisis económica empeoraba a causa del bloqueo aliado. Los sentimientos antifascistas se propagaron entre la población. El resultado satisfactorio de la campaña de los Balcanes, que fue posible gracias a la ayuda de Alemania, compensó de alguna manera a los fascistas, ya que Italia se había hecho con el control de algunos territorios más. Mediante un acuerdo con Alemania, Italia recibió la casi totalidad de Grecia, aunque muy pronto se dio cuenta de que sus posesiones en los Balcanes eran un espejismo, en vista de que era Alemania quien realmente ejercía el control del territorio griego. Además, Italia se vio obligada a pagar un precio cada vez mayor por la ayuda militar de Hitler. Las reservas de alimentos y otros artículos disminuían como consecuencia de las enormes cantidades que eran enviadas al III Reich a cambio del carbón y el petróleo alemán. Italia declaró la guerra a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) el 22 de junio de 1941, el mismo día que se produjo la invasión alemana, y cinco semanas más tarde, la I división italiana partió hacia el frente soviético. Las dificultades que encontró Alemania en su ofensiva hicieron que Hitler ejerciera cada vez más presión sobre el dictador italiano.

La entrada de Estados Unidos en el conflicto

Al tiempo que sucedían estos hechos, las relaciones entre Estados Unidos e Italia se deterioraban progresivamente. En marzo, el gobierno de Estados Unidos retuvo 28 barcos mercantes italianos en los puertos del país y arrestó a los miembros de las tripulaciones que sabotearon las embarcaciones por orden del agregado naval italiano en Washington D.C. Además, exigió la inmediata destitución del agregado, ante lo cual Italia respondió exigiendo la destitución del agregado militar estadounidense en Roma. En junio, las propiedades del gobierno italiano en Estados Unidos fueron confiscadas, ante lo cual Italia actuó de igual manera con las propiedades estadounidenses en el país. La alineación de países alcanzó su punto de máxima tensión en diciembre, cuando Mussolini, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, declaró la guerra a Estados Unidos.

En 1942, el fascismo italiano tenía ante sí un panorama desalentador. En el norte de África las efímeras victorias italo-germanas se desvanecían ante las ofensivas enérgicas lanzadas por los británicos. Las tropas del Eje sufrieron serios reveses en la URSS. Las tropas de ocupación italianas en Albania, Yugoslavia y Grecia sufrieron pérdidas de consideración a causa de la resistencia planteada por sus respectivas guerrillas.

El control alemán

Mientras el pueblo italiano se enfrentaba a un crudo invierno debido a la escasez de alimentos y combustible, el control alemán sobre el país, la corrupción e ineficacia de los oficiales fascistas y el incumplimiento de las leyes de racionamiento por parte de los más ricos e influyentes contribuía a crear un ambiente dominado por la falta de moral. En octubre, los británicos protagonizaron una serie de ataques aéreos contra las ciudades industriales del norte del país. Por otra parte, las tropas británicas y estadounidenses establecieron bases aéreas en Argelia y Cirenaica y bombardearon el sur de Italia. El prestigio político del régimen fascista era cada vez menor. En febrero de 1943, con la esperanza de cambiar la situación, Mussolini asumió el control absoluto de los asuntos políticos y de las operaciones militares. Cuando en mayo las tropas del Eje fueron derrotadas en Tunicia, creó un Consejo de Defensa para prepararse contra una posible invasión aliada del país. Todos sus esfuerzos por reforzar las defensas y levantar la moral del país resultaron infructuosos ante los ataques aéreos de los aliados.

La invasión de Italia

El 10 de julio de 1943, tras la capitulación de la isla italiana de Pantelleria, lugar de gran importancia estratégica en la zona del Mediterráneo, el ejército aliado invadió Sicilia. Seis días después, el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill se dirigieron a través de un mensaje por radio al pueblo italiano pidiendo su inmediata rendición para evitar mayores devastaciones. Al día siguiente, los aviones aliados arrojaron sobre Roma panfletos advirtiendo de un posible ataque contra las instalaciones militares próximas a la ciudad y prometiendo el máximo cuidado para no destruir ni edificios habitados ni monumentos. Aproximadamente unos 500 bombarderos aliados tomaron parte en la destrucción de los depósitos de armas, fábricas de municiones y aeródromos cercanos a la ciudad.

El bombardeo desencadenó un éxodo masivo de la población romana y provocó el estallido de la crisis política. Durante el ataque, Mussolini se encontraba en Verona con Hitler decidiendo las medidas que había que tomar frente a la invasión aliada. Cuando regresó a Roma tuvo que hacer frente a la petición de una reunión del Gran Consejo Fascista para analizar la crisis del Ejército italiano. Tras un duro debate, el Consejo retiró su confianza a Mussolini. El 25 de julio, el rey Víctor Manuel III solicitó su dimisión y lo puso bajo arresto militar. Además, le encargó al mariscal Pietro Badoglio la formación de un nuevo gobierno, cuyas primeras medidas fueron decretar la completa abolición de las organizaciones fascistas en Italia.

Capitulación y armisticio

La caída de Mussolini provocó la celebración de clamorosas manifestaciones pacíficas en todo el país. Mientras tanto, los aliados continuaban su avance en Sicilia. Churchill instó a Italia a elegir entre romper su alianza con Alemania o sufrir las consecuencias de un agravamiento del conflicto. El general Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las fuerzas aliadas, prometió al pueblo italiano una paz honrosa si los italianos retiraban su ayuda a los alemanes. A mediados de agosto, cuando los aliados iniciaron la invasión de la península italiana, un representante del primer ministro Badoglio llegó a Lisboa con la oferta de unirse a los aliados contra Alemania. Oficiales estadounidenses y británicos negociaron con el emisario italiano, partiendo de la base de la rendición incondicional de Italia. El 3 de septiembre, día en que comenzó la invasión del sur de Italia, se firmó el armisticio.

La lucha por Italia

El anuncio del armisticio desencadenó una trepidante carrera entre aliados y alemanes para hacerse con los territorios, bases, armas, suministros, comunicaciones y demás material anteriormente bajo control italiano. Una gran fuerza anfibia británico-estadounidense desembarcó en las playas de Salerno, al sur de Nápoles, para dirigirse al interior y cercar las unidades alemanas que estaban en la vanguardia del Ejército británico. Sin embargo, los alemanes refrenaron el avance de las tropas aliadas hasta que las unidades alemanas del sur de Italia se retiraron. Además, tomaron las ciudades y puntos estratégicos del centro y norte del país, desarmaron a las tropas italianas y rodearon a miles de supuestos enemigos. El 10 de septiembre ocuparon Roma, de donde dos días antes habían huido el rey Víctor Manuel III y Badoglio. Los aliados fueron más afortunados en la carrera por el control de la flota italiana. En respuesta a un mensaje del comandante de marina aliado en el Mediterráneo, todos los barcos de guerra italianos útiles abandonaron sus bases en La Spezia y otros puertos italianos para rendirse a los aliados, según los términos del armisticio firmado por Italia.

Los alemanes conservaron la ayuda de los profascistas italianos gracias al anuncio, en septiembre, de la proclamación de la República Social Italiana, regida por Mussolini en oposición al gobierno de Badoglio. El dictador italiano había sido liberado de su prisión por tropas paracaidistas alemanas, por lo que no pudo hacerse efectiva la promesa de Badoglio de entregar Mussolini a los aliados.

Italia declara la guerra a Alemania

Según las peticiones de los aliados y del pueblo italiano, el 13 de octubre, Badoglio hizo pública la declaración de guerra por parte de Italia a Alemania y reorganizó su gobierno de forma más democrática. Para llevar a cabo su pretensión de contar para su gabinete con los líderes de varios grupos políticos antialemanes, inició una serie de consultas con los dirigentes de seis partidos políticos disueltos por Mussolini que habían formado el Comité de Liberación Nacional. Sin embargo, dichas formaciones manifestaron que sólo consentirían en formar un gobierno representativo si el rey abdicaba. Víctor Manuel se negó y Badoglio renunció a tomar parte en cualquier acto tendente a su expulsión. Como solución temporal, organizó el llamado ‘gobierno técnico de expertos’ no pertenecientes a partidos políticos cuyo objetivo era dotar al país de un gobierno. En noviembre el Comité de Liberación Nacional votó en contra del primer ministro y pidió la abdicación del rey.

El Rey abdica

En abril de 1944, Víctor Manuel III anunció su decisión de retirarse de la vida pública y nombró a su hijo Humberto, más tarde Humberto II, lugarteniente general del Reino, nombramiento que sería efectivo cuando las tropas aliadas entrasen en Roma. Esto dejó libre el camino para la formación de un gobierno representativo del Comité de Liberación Nacional. El Ejército aliado liberó Roma el 4 de junio, tras lo cual el rey abdicó en su hijo Humberto. Sin embargo, los dirigentes de los partidos del Comité se negaron por unanimidad a formar gobierno bajo las órdenes de Badoglio. Finalmente, el puesto de primer ministro fue ocupado por Ivanoe Bonomi, que formó un gobierno de coalición.

Los planes de reformas internas que este gabinete pretendía llevar a cabo resultaron en su mayor parte nulos, ya que el gobierno se encontraba bajo la jurisdicción y control de los aliados. Oficiales estadounidenses y británicos, temerosos de todo lo que pudiera obstaculizar los esfuerzos de guerra aliados, vetaron todas las tentativas de cambio económico o social. Las autoridades aliadas tampoco veían con buenos ojos a los voluntarios antifascistas y a los miembros de la resistencia, la mayoría de ellos radicales. El nuevo gobierno manifestaba, pese a su heterogeneidad, cierto consenso respecto a los temas políticos básicos. Los liberales de clase media y los radicales de clase obrera compartían la creencia de que los términos del armisticio serían modificados y de que Italia tendría la oportunidad de transformarse en una democracia independiente. Los comunistas y socialistas, enconados adversarios políticos, pedían reformas económicas. Incluso entre los comunistas y los católicos existían parcelas de entendimiento común.

Un duro invierno

El invierno de 1944-1945 estuvo marcado por las grandes penalidades que hubo de soportar la población, en especial las regiones devastadas por los alemanes en su retirada. Por todo el centro del país se veían pueblos incendiados, campos inundados y fábricas, vías férreas, estaciones eléctricas y puentes en estado ruinoso. Unas 800.000 ha de tierras de cultivo estaban sin sembrar y los artículos de primera necesidad habían alcanzado precios prohibitivos. A la vista de la miseria generalizada, el PSI y el partido de Acción criticaron duramente el liderazgo de Bonomi. La paralización de la actividad industrial, el desempleo masivo y la elevadísima inflación frustraban los esfuerzos del gobierno encaminados a la rehabilitación de la economía del país.

La muerte de Mussolini

La ofensiva aliada final comenzó en abril de 1945 y a finales del mes el Ejército alemán había sido completamente derrotado. Mussolini, junto con su amante, Clara Petacci, y varios oficiales de alta graduación, cayó en manos de los partisanos en una pequeña ciudad cercana al lago Como. Tras la celebración de un juicio sumarísimo, el 28 de abril fueron ejecutados. Después de producirse la rendición de los alemanes, el 2 de mayo del mismo año, los seguidores de Mussolini sufrieron crueles actos de venganza. Sólo en Milán, más de 1.000 seguidores del fascismo fueron fusilados.

El ascenso de De Gasperi

En cumplimiento de una promesa previa, Bonomi dimitió tras la liberación del norte de Italia. Tras ello, se formó un gobierno de coalición con representación de todos los miembros del Comité de Liberación Nacional. El nuevo gobierno encabezado por Ferruccio Parri, líder del Partido de Acción, no fue capaz de dar soluciones a los problemas con que se enfrentaba Italia. En octubre, los monárquicos y los dirigentes del Partido Liberal acusaron al primer ministro Parri de violación de la tregua sobre la cuestión de la monarquía, y éste se vio obligado a dimitir. La crisis consiguiente quedó patente en las manifestaciones violentas en protesta por el alto índice del coste de vida en el sur de Italia. El Comité de Liberación Nacional decidió finalmente nombrar primer ministro a Alcide de Gasperi, líder del Partido de la Democracia Cristiana, que asumió el cargo el 9 de diciembre.

El año 1946 fue de una dureza sin par para la mayoría del pueblo italiano. Aunque las privaciones daban lugar a ocasionales manifestaciones del malestar civil que dominaba el ambiente, el estado de la población fue de indiferencia durante la campaña que precedió al referéndum nacional y durante las elecciones de junio para elegir la Asamblea Constituyente. En abril, durante la convención del Partido de la Democracia Cristiana, quedó patente el sentimiento antimonárquico en el resultado de la votación celebrada, en la cual los partidarios de la república ganaron por una ventaja de 3 a 1. El 9 de mayo el rey Víctor Manuel III abdicó en favor de su hijo Humberto II.

La República

Casi 25 millones de votantes, aproximadamente el 89% de los italianos con derecho a voto, entre los que figuraban por primera vez las mujeres, ejercieron su derecho en el referéndum y en las elecciones celebradas respectivamente el 2 y 3 de junio de 1946. El resultado fue de un 54,3% de electores partidarios de la república. El 10 de junio, con la proclamación oficial del resultado, Italia se convirtió de facto en una república. Tres días después el rey Humberto abdicó, abandonó el país y se estableció en Portugal. Murió en la ciudad suiza de Ginebra en 1983.

Los principales partidos políticos

Las elecciones a la Asamblea Constituyente fueron ganadas por los democristianos, que con 207 escaños se convirtieron en el primer partido de Italia. El PSI obtuvo 115 escaños, el Partido Comunista Italiano (PCI) 104 y los cuatro partidos minoritarios se repartieron los 117 escaños restantes. El 28 de junio Enrico de Nicola, del Partido Liberal, resultó elegido presidente provisional de la República. De Gasperi continuó en el cargo de presidente del Consejo.

En las deliberaciones que precedieron a la aprobación del nuevo gobierno republicano por la Asamblea Constituyente quedaron patentes las divergencias irreconciliables entre comunistas y democristianos, situación que se agravó a causa de la amenaza constante del hambre y de la caótica economía italiana. La pérdida de prestigio del gobierno de De Gasperi animó a los comunistas y socialistas a unirse. En las elecciones municipales de noviembre de 1946 los resultados reflejaron la pérdida de confianza en los democristianos en favor de los comunistas, socialistas y partidos de derecha.

La Conferencia de Paz de París

Entretanto la desesperación de los italianos aumentaba al conocerse las decisiones preliminares de las cuatro grandes potencias internacionales (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS), que fueron dadas a conocer en la Conferencia de Paz celebrada en París en julio de 1946. Entre los acuerdos tomados figuraban la internacionalización de Trieste, la cesión de varios territorios y el pago de 100 millones de dólares en concepto de reparaciones a la URSS. Además, el tratado propuesto imponía a Italia el pago de reparaciones adicionales a otras naciones que habían sido víctimas del fascismo, restricciones en sus Fuerzas Armadas y que Gran Bretaña se hiciera cargo del gobierno del África Oriental Italiana, esto último supeditado a lo que las cuatro potencias decidieran con respecto a las colonias. A pesar de las protestas de los italianos, el 10 de febrero de 1947 el acuerdo fue firmado; posteriormente, la Asamblea Constituyente lo ratificó con la abstención de los delegados comunistas y socialistas, y el 15 de septiembre entró en vigor. Las fuerzas de ocupación aliadas se retiraron del país poco después. Aunque el sentimiento generalizado del pueblo italiano era de rechazo hacia el tratado, muchos se tranquilizaron por la actitud mostrada por el gobierno de Estados Unidos, que había ayudado a que las demandas de los soviéticos fueran menos duras y había dado muestras de amistad hacia el pueblo italiano.

Violencia política

A comienzos de 1947, el PSI, como reflejo de lo que ocurría en otros países europeos y como consecuencia de su colaboración con los comunistas, sufrió la escisión de parte de sus miembros, que fundaron el Partido Socialista de los Trabajadores Italianos (PSLI), luego renombrado Partido Socialista Democrático Italiano (PSDI). El 15 de enero dimitió Pietro Nenni, ministro de Asuntos Exteriores del gabinete de De Gasperi y líder del grupo procomunista, lo que provocó la dimisión del gobierno en pleno. De Gasperi formó un nuevo gobierno de coalición en el que estaban presentes comunistas y socialistas; sin embargo, las relaciones entre los moderados y los radicales se deterioraron rápidamente poco tiempo después. En el marco de la Guerra fría entre las democracias occidentales y el bloque soviético, los italianos tomaron partido de acuerdo con su ideología. En este periodo, la extrema derecha, formada en su mayor parte por antiguos seguidores de Mussolini y monárquicos, se volvió cada vez más violenta. El 1 de mayo una banda armada atacó una marcha encabezada por los comunistas en Greci, Sicilia, y asesinaron a ocho personas. El incidente provocó una crisis de gobierno que se prolongó desde el 13 al 31 de mayo. De Gasperi formó un gobierno integrado por democristianos y técnicos sin afiliación política del que fueron excluidos los comunistas y socialistas. Inmediatamente comenzó una purga de los miembros de partidos de izquierdas que ocupaban puestos públicos de importancia.

Los conflictos políticos se agravaron. Con la convocatoria de manifestaciones multitudinarias y huelgas generales, la izquierda pretendía acabar con el gobierno de De Gasperi. Por otra parte, la URSS, para dejar patente su hostilidad hacia Italia, vetó el ingreso de Italia en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Entretanto, el PCI se convertía en miembro fundador de la oficina de Información Comunista o Kominform. VéaseInternacional.

Elecciones parlamentarias

Al tiempo que sucedían estos hechos, la Asamblea Constituyente había redactado el borrador de la Constitución que sería aprobada el 22 de diciembre de 1947 por 453 votos a favor y 62 en contra. La Constitución entró en vigor el 1 de enero de 1948. La campaña electoral que siguió a la aprobación de la misma fue una de las más dramáticas de la historia del país. Coincidiendo con una intensificación de la Guerra fría, el proceso electoral llevó a Italia al borde de la guerra civil. Las demostraciones de fuerza se convirtieron en el eje de la estrategia política de muchos partidos. La coalición de izquierda, con el apoyo de la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), utilizó la huelga como instrumento político. Como represalia, el gobierno confiscó las armas y municiones y llevó a cabo manifestaciones militares intimidatorias en algunas ciudades. El papa Pío XII aprobó la participación del clero italiano en actividades anticomunistas.

En las elecciones del 18 y 19 de abril los democristianos obtuvieron una mayoría aplastante, al ser votados por el 49% de los votantes y conseguir 307 escaños en la Cámara de Diputados y 151 en el Senado. El Frente Popular, la coalición de comunistas, socialistas y radicales, consiguió 182 escaños en la Cámara de Diputados y 31 en el Senado. Por último, los socialistas moderados consiguieron 33 diputados y los demás partidos políticos los 52 escaños restantes.

La oposición comunista

El mandato de los democristianos redujo considerablemente el clima de tensión política que se vivía en el país. Las muestras de fortaleza comunista hacían poco probable que se pudieran resolver las diferencias que habían dividido al país. El 11 de mayo, Luigi Einaudi, el candidato que contaba con el apoyo de los democristianos y los socialistas moderados se convirtió en presidente de la República y De Gasperi fue nombrado primer ministro.

La llegada de suministros y las ayudas del Plan Marshall propiciaba la creación de condiciones económicas favorables de cara a la reconstrucción de la economía italiana. Los comunistas, de acuerdo con su política de lucha contra el Plan, convocaron huelgas por todo el país para exigir subidas salariales. La campaña culminó con la huelga general de 12 horas celebrada el 2 de julio. Durante dos semanas el país se sumergió en otra grave crisis provocada por el asesinato de Palmiro Togliatti, secretario general del PCI. La CGIL responsabilizó al gobierno del suceso y convocó una huelga general en todo el país para obligarlo a dimitir. Durante dos días se sucedieron manifestaciones violentas en toda Italia. La paz sólo pudo ser restablecida mediante la movilización de más de 300.000 soldados y miembros de la policía.

Problemas exteriores

En 1949, el Frente Popular trasladó su enfrentamiento contra el régimen democristiano al Parlamento. Los ataques comunistas de este periodo se centraron en la oposición al ingreso de Italia en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). No obstante, con el apoyo unánime de su gabinete y de una amplia mayoría de la Cámara de Diputados, De Gasperi firmó en Washington D.C. el tratado de adhesión el 4 de julio de 1949.

Mientras tanto, las cuatros grandes potencias acordaron que el tema de las colonias italianas en África debía ser puesto en manos de la ONU. El 21 de noviembre de 1949, la Asamblea General de esta organización adoptó una resolución al respecto en la que establecía los mecanismos necesarios para garantizar la independencia de la Somalia italiana tras un periodo de diez años de gobierno italiano bajo la supervisión de la organización. Además aprobó la independencia de Libia para el 1 de enero de 1952 y el estudio por parte de una comisión especial del caso de Eritrea.

Tras la adhesión de Italia a la OTAN, el país continuó colaborando con las democracias occidentales. En julio de 1950 el gobierno anunció que el ejército italiano estaría compuesto por 250.000 hombres, según el límite impuesto por el tratado de paz de la II Guerra Mundial, aunque se preveía una ampliación para el siguiente mes de diciembre. Posteriormente, los países occidentales no exigieron el cumplimiento de los términos del tratado de paz relativos a las restricciones impuestas a Italia sobre rearme.

En junio de 1952 el Parlamento italiano ratificó el Plan Schuman para la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), que más tarde se convertiría en la Comunidad Económica Europea (en la actualidad Unión Europea).

La caída de De Gasperi

Con objeto de aumentar la efectividad del poder ejecutivo del gobierno, los democristianos y sus aliados aprobaron en marzo de 1953 un proyecto de ley de reforma electoral para asegurar que el partido gobernante pudiera contar con una mayoría suficiente en el Parlamento. El proyecto de ley establecía que el partido o coalición que hubiese obtenido en las elecciones el 50% o más de los votos ocuparía el 65% de los escaños en la Cámara de Diputados.

Los días 7 y 8 de junio se celebraron nuevas elecciones al Parlamento. Los democristianos fueron otra vez el partido más votado, con el 40% del total de los votos. Los comunistas quedaron en segundo lugar con el 22,6% y el recién fundado Movimiento Social Italiano (MSI, neofascista), que subió más que ningún otro, pasó de un 4,2% de votos en 1948 al 12,7%, quedando en tercera posición. Giuseppe Pella, anterior ministro de Hacienda, sucedió a De Gasperi como primer ministro gracias a la abstención de los socialistas y al apoyo de los monárquicos. No obstante, las diferencias entre los distintos partidos provocó la caída de varios gobiernos en los dos siguientes años.

A finales de 1953, el futuro del territorio libre de Trieste puso a Italia y Yugoslavia al borde de la guerra. La promesa de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia de buscar una fórmula válida para ambos países disminuyó la tensión. En 1954 acordaron que la zona que comprendía la ciudad de Trieste pasara a Italia, mientras que el resto de la región pasara a Yugoslavia. En 1955 Italia ingresó en las Naciones Unidas.

Los gobiernos democristianos

El repudio de Iósiv Stalin en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética celebrado en febrero de 1956 sumió al PCI en un estado de confusión y desilusionó a los socialistas radicales, lo que debilitó la alianza que existía entre ambos. Tras la Revolución húngara de octubre de ese mismo año, el número de simpatizantes comunistas disminuyó. La decadencia del partido consolidaba a las fuerzas democráticas.

En las elecciones celebradas el 25 y 26 de mayo de 1958, la coalición centrista obtuvo la mayoría en ambas Cámaras. El 2 de julio tomó posesión el nuevo gobierno de coalición integrado por los democristianos y los socialistas moderados, presidido por Amintore Fanfani. En 1959, Antonio Segni, con un gobierno compuesto exclusivamente por democristianos se hizo con el poder. Las fuertes críticas suscitadas por la visita del presidente Giovanni Gronchi a la URSS en febrero de 1960 provocó la caída del gobierno un mes más tarde. En julio, Fanfani volvió a ocupar la presidencia del Consejo con el voto a favor de tres partidos centristas y obtuvo la aprobación de su nuevo gabinete, integrado exclusivamente por democristianos. Dos años después, el antiguo primer ministro Segni, que había sido ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno Fanfani, resultó elegido presidente de la república.

En 1962, las elecciones municipales sirvieron para confirmar el fuerte apoyo popular a los partido gobernantes y la pérdida de prestigio de los comunistas, que por primera vez en muchos años perdían la confianza de los votantes. Posteriormente, la falta de entendimiento entre los partidos que apoyaban al gobierno era cada vez mayor, sobre todo como consecuencia de la crítica comunista hacia la política de Fanfani, al que los comunistas acusaban de no haber sabido promover reformas económicas y asegurar el desmantelamiento de las bases de misiles de la OTAN en territorio italiano. Aunque en enero de 1963 todos los partidos acordaron seguir apoyando a su gobierno, las elecciones al Parlamento de los días 28 y 29 de abril marcaron el comienzo del declive del gobierno Fanfani. El voto democristiano bajó al 38,3%, mientras que el comunista subía hasta el 25,3%. Fanfani dimitió el 16 de mayo pero siguió al frente del gobierno provisional hasta que Giovanni Leone, presidente de la Cámara de Diputados, formó un gobierno provisional en el que los democristianos estaban en minoría.

El regreso de la Izquierda

En octubre, los elementos moderados del PSI bajo la dirección de Nenni acordaron formar parte de un gobierno de centro-izquierda, hecho que no se producía desde 1947. El democristiano Aldo Moro formó entonces un gobierno de coalición con la participación de cuatro partidos y él mismo asumió el cargo de primer ministro.

Durante 1964 no fue posible el entendimiento entre los conservadores y los socialistas moderados, con lo que la situación empeoró ante la perspectiva de perder el periodo de auge económico que ya duraba seis años ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo para enfrentarse a la posible crisis económica. Sin embargo, el 4 de marzo de 1965, los cuatro partidos del gobierno de coalición acordaron olvidar sus diferencias políticas y emprender una acción conjunta para luchar contra la recesión económica. Durante 1965 y 1966, el gobierno dirigido por Moro contó con la confianza de los partidos de la coalición.

Malestar social

Desde finales de la década de 1960, el país había experimentado una serie de dramáticos cambios sociales, económicos, políticos y religiosos. En 1968 los estudiantes se enfrentaron con la policía en el campus universitario de Roma y otras ciudades en demanda de reformas en el sistema educativo. Por su parte, los trabajadores convocaron huelgas generales para pedir la reforma de la seguridad social. Las demandas feministas llevaron a la aprobación de la ley del divorcio en 1973 y la legalización del aborto en 1978. Los problemas de inflación, desempleo y depreciación monetaria se agravaron como consecuencia de la recesión de 1974 y el incremento del precio del petróleo. Esto produjo una subida del déficit y la necesidad de recurrir a los créditos internacionales por sumas elevadísimas para evitar la bancarrota del país.

Durante este periodo, el sistema político italiano tuvo que luchar por mantener el ritmo del cambio. El final de la década de 1960 y los comienzos de la de 1970 se caracterizaron por la sucesión de una serie de gobiernos de coalición de corta duración bajo la dirección de los democristianos. Incluso durante un breve periodo en 1974, el país no tuvo ningún tipo de gobierno. El agravamiento de la situación económica y la ola de secuestros y violencia política que azotaban el país supusieron la pérdida de confianza en el gobierno y el apoyo al PCI y a su secretario general Enrico Berlinguer.

En las elecciones regionales de 1975, los comunistas consiguieron el 33% de los votos, lo que les permitió presionar al gobierno para apoyar una coalición duradera entre los comunistas y los democristianos. En las elecciones al Parlamento de junio de 1976, los comunistas alcanzaron el 35% de los votos, mientras que los democristianos obtuvieron el 39%. El dirigente democristiano Giulio Andreotti formó gobierno con el respaldo de los comunistas. En julio de 1977, los comunistas lograron tener influencia en las decisiones políticas del país. En enero de 1978 se desploma el gobierno Andreotti bajo la insistencia comunista de que el país necesitaba que se tomaran medidas económicas de urgencia y de que los comunistas ocuparan cargos ministeriales. Finalmente, en marzo, Andreotti forma un nuevo gobierno con el apoyo formal de los comunistas, pero tuvo que dimitir en enero de 1979 como consecuencia de la pérdida del apoyo de sus aliados.

Terrorismo urbano

La violencia y la anarquía que habían azotado a la sociedad italiana durante la década de 1970, adquirieron tintes más virulentos hacia el final de la misma. Los terroristas de extrema izquierda, indignados por la decisión del PCI de aliarse con el gobierno, iniciaron una serie de ataques dirigidos contra políticos, miembros de la policía, periodistas y empresarios. En marzo de 1978 el antiguo primer ministro Aldo Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas, que exigieron, a cambio de la puesta en libertad de Moro, la excarcelación de otros elementos terroristas. El gobierno tomó la decisión de no negociar con los secuestradores de Moro, que más tarde apareció asesinado.

Coaliciones inestables

Entre junio de 1979 y junio de 1981, los democristianos ocuparon el poder, cosa que ya habían hecho durante más de tres décadas. En 1981, Giovanni Spadolini, líder del pequeño Partido Republicano, se convirtió en el primer ministro no democristiano desde la II Guerra Mundial. Las crisis de gobierno de agosto de 1983 llevaron a la formación de un nuevo gobierno bajo la dirección de Bettino Craxi, el primer ministro socialista desde la guerra. Craxi ocupó el cargo hasta marzo de 1987 convirtiéndose de esta forma en el dirigente que más tiempo conservó su cargo. En 1984, bajo su dirección, el gobierno firmó un acuerdo con el Vaticano en sustitución de los Pactos de Letrán de 1929 por el que la religión católica dejó de ser la oficial del país. En julio de 1987, el democristiano Giovanni Goria le sustituyó en el cargo con un gobierno pentapartido (integrado por cinco partidos políticos) que se rompió en marzo de 1988. Ocupó entonces el puesto de primer ministro el dirigente del ala izquierda del partido democristiano, Ciriaco De Mita. Un año más tarde, en marzo de 1989, De Mita fue cesado como secretario del partido y dos meses después presentó la dimisión como primer ministro. Andreotti ocupó por sexta vez el cargo de primer ministro, pero los enfrentamientos entre los democristianos y la coalición de los cinco partidos provocó su dimisión en marzo de 1991. Al ser imposible la formación de un nuevo gobierno, Andreotti volvió al poder en abril con una coalición que consiguió sobrevivir un año.

El fin del pentapartido

La caída del régimen comunista en la Europa oriental influyó de forma decisiva en la política italiana. En 1990, el PCI se rebautizó como Partido Democrático de la Izquierda, cambiaron la orientación de su política suavizando actitudes anteriores como el ateísmo y la lucha de clases en favor de cuestiones más actuales como el medio ambiente, el feminismo y el endémico desajuste económico entre la zona norte del país, más industrializada, y la sur, donde reinaba la pobreza. El PSI, con Craxi a la cabeza, intentó unificar a la izquierda y creó el Partido Socialista Unificado. No obstante, en las elecciones de abril de 1992 los votantes pusieron de manifiesto su falta de confianza en los partidos existentes: la Democracia Cristiana, que anteriormente dominaba la escena política obtuvo solamente el 29,7% de los votos, el Partido Democrático de la Izquierda fue segundo con el 16,1%, cuando en las elecciones de 1987 habían obtenido el 26,6% del total de los votos y los socialistas, los terceros más votados, se hicieron con el 13,6%.

Estos resultados se explican por la conjunción de una serie de factores tales como la recesión económica, el alto índice de desempleo, el conocimiento de numerosos casos de corrupción política y la enorme influencia ejercida por la Mafia. En los dos años siguientes, más de 6.000 personajes públicos entre políticos, miembros del poder judicial e importantes hombres de negocios fueron puestos bajo investigación judicial o arrestados como consecuencia de los casos de soborno y corrupción política. Como consecuencia de estos escándalos Craxi presentó su dimisión como dirigente del Partido Socialista a comienzos de 1993, y tras las elecciones de abril se aprobaron ocho nuevas medidas encaminadas a la reforma del sistema electoral italiano. El primer ministro Giuliano Amato dimitió y ocupó su lugar el que había sido gobernador del Banco de Italia, Carlo Azeglio Ciampi.

En las elecciones de marzo de 1994 una coalición formada muy poco antes, el Polo de la Libertad, se hizo con el poder al conseguir el 58% de los votos. La coalición de izquierda obtuvo el 34% y los partidos de centro, poderosos en el pasado, se hicieron con un 7% de votos. El Polo estaba formado por la Liga Norte (anteriormente llamada Liga Lombarda), que en las elecciones de 1992 había quedado en cuarta posición y que abogaba por la división de Italia en tres repúblicas independientes, pero que en 1994 moderó su anterior postura y puso mayor énfasis en los temas económicos y de impuestos; la Alianza Nacional y el jovencísimo partido Forza Italia, creado por el magnate de los medios de comunicación Silvio Berlusconi. La victoria del Polo de la Libertad daba a la derecha la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y se convertía en el grupo más fuerte en el Senado. Forza Italia, que obtuvo alrededor del 25% de los votos, fue el más votado, y Berlusconi, su líder, ocupó el cargo de primer ministro. Desde esta posición, Berlusconi tuvo que enfrentarse no sólo con el reto de resucitar la moribunda economía italiana, sino que además tuvo que hacer frente a los problemas internos que lo enfrentaban con los otros dos miembros de la coalición.

En las elecciones generales celebradas a principios de 1996, resultó vencedora la coalición de centro-izquierda El Olivo, que llevó a la presidencia del Consejo a Romano Prodi.

La inestabilidad política presidió, debido a la heterogeneidad de las fuerzas políticas que integraban la coalición de centro-izquierda, el periodo durante el que Prodi fue primer ministro. Entre sus principales prioridades estuvo situar a Italia entre los primeros países en adherirse a la Unión Económica y Monetaria (UEM).

La primera crisis relevante se produjo en octubre de 1997, cuando los diputados del Partido de la Refundación Comunista se negaron a apoyar los presupuestos para 1998 presentados por el gobierno en el Parlamento. Pese a que Prodi aceptó incluir algunas de las peticiones realizadas por los comunistas, éstos finalmente no respaldaron las propuestas del gobierno, por lo que el primer ministro presentó su renuncia. Tras varios días de negociaciones, El Olivo y el PRC acordaron un pacto de gobernabilidad de un año de duración.

Los ciudadanos italianos apoyaron en las elecciones municipales celebradas en noviembre de ese año las candidaturas de centro-izquierda en las principales ciudades italianas, lo que se interpretó como un respaldo indirecto hacia la gestión del gobierno.

Superada la crisis política, el Parlamento emprendió algunas iniciativas durante los meses siguientes: así, en diciembre se aprobaba el regreso de los miembros de la Casa de Saboya al país; y en abril del año siguiente se planificaba la reorganización territorial del país, concediendo mayor autonomía a las regiones italianas, dentro de un proyecto más amplio de reforma de la Constitución. Este proyecto finalmente no prosperó debido a las divergencias en torno a cómo acometerlo.

Tras un año de aparente normalidad, en el que Italia había acordado, junto con otros 11 países miembros de la Unión Europa, establecer, a partir del 1 de enero de 1999, el euro como unidad monetaria, en octubre de 1998 el primer ministro italiano presentó de nuevo su dimisión como primer ministro tras perder, por un sólo voto, la moción de confianza que había planteado ante la Cámara de Diputados. La negativa de los comunistas a aprobar los presupuestos presentados estaba, una vez más, en el origen de la crisis.

Esta actitud había provocado, poco antes de la presentación del voto de confianza, una profunda división en el Partido de la Refundación Comunista: su presidente, Armando Cossutta, dimitió de su cargo en protesta por la actitud “obstruccionista” del secretario general, Fausto Bertinotti, y advirtió que él y sus seguidores en el grupo parlamentario votarían a favor de los presupuestos y respaldarían a Prodi. A continuación, Cossutta fundó un nuevo grupo político, el Partido de los Comunistas Italianos.

Pero los votos de los comunistas moderados no le bastaron a Prodi para seguir adelante con la labor de gobierno y la derrota en la Cámara de Diputados provocó su dimisión inmediata. De ese modo se ponía fin al, hasta ese momento, segundo ejecutivo más longevo de la era republicana.

Tras la dimisión de Prodi, se barajaron varias fórmulas respecto al carácter del nuevo ejecutivo y a quien lo debía presidir; finalmente, Massimo d’Alema, principal figura de los Demócratas de Izquierda (DS), fue el encargado de formar nuevo gobierno en Italia a finales de ese mismo mes, que contó con el apoyo de los principales grupos políticos que habían constituido El Olivo (Demócratas de Izquierda, Partido Popular Italiano, Renovación Italiana), así como con el respaldo por la izquierda del partido de Cossutta y por la derecha del grupo creado por el ex presidente de la República, Francesco Cossiga, la Unión Democrática para la República (UDR). De este modo, se constituyó una nueva mayoría que, aunque manteniendo algunos de los postulados que habían dado lugar a El Olivo, suponía la ruptura de esta coalición de centro-izquierda vencedora en 1996.

Opuesto al nuevo gobierno, el ex primer ministro Romano Prodi, formó en enero de 1999 un nuevo grupo político, Demócratas por el Olivo, con el que intentaba recuperar el protagonismo perdido tras su dimisión.

El referéndum celebrado en abril de ese mismo año, y con el que se pretendía reformar la ley electoral italiana (en el sentido de dar prioridad al sistema mayoritario frente al proporcional), fue invalidado al no lograrse superar el 50% de participación necesario para llevar adelante la reforma, enmarcada en proyecto más amplio de renovación del texto constitucional italiano. Los pequeños partidos políticos, contrarios a la eliminación del sistema proporcional por cuanto supondría su práctica desaparición del Senado y de la Cámara de Diputados, fueron los triunfadores de la consulta.

En el mes de mayo, el ministro del Tesoro, Carlo Azeglio Ciampi, fue elegido por el Parlamento italiano nuevo presidente de la República, en sustitución de Oscar Luigi Scalfaro. Contó con el apoyo tanto del gobierno como de la oposición, por lo que fue necesaria tan sólo una votación. Los partidos de centro-derecha presentes en el gabinete de Massimo d’Alema, el Partido Popular Italiano y Renovación Italiana, se habían opuesto (si bien acabaron respaldándole en mayor o menor medida) a la elección de Ciampi, quien tomó posesión del cargo el 28 de mayo.

El 19 de abril de 2000, D’Alema dimitió definitivamente y Ciampi encomendó al ex primer ministro y ministro del Tesoro, Giuliano Amato, encabezar el gabinete. Éste juró el cargo el 25 de abril de 2000 y logró la confianza parlamentaria el día 28.

El 13 de mayo de 2001 se celebraron elecciones generales, cuyos resultados supusieron un rotundo triunfo de La Casa de las Libertades, coalición formada por Berlusconi en torno a Forza Italia, la Alianza Nacional de Gianfranco Fini, la Liga Norte de Umberto Bossi y otros grupos políticos de centro-derecha. La amplia victoria de La Casa de las Libertades sobre El Olivo, la coalición de centro-izquierda liderada por Francesco Rutelli, se tradujo en una sólida mayoría absoluta en las dos cámaras parlamentarias y en la formación de gobierno por Berlusconi, que accedió así por segunda vez al cargo de primer ministro. En abril de 2002, sin haberse cumplido un año del nuevo mandato de Berlusconi, su gabinete tuvo que hacer frente a una primera huelga general, motivada por su controvertida política laboral. El primer ministro también se encontró con la oposición del propio presidente de la República, Ciampi, el cual se negó a firmar la llamada ley de televisiones propuesta por Berlusconi, aduciendo que permitía “posiciones dominantes” y vulneraba el pluralismo informativo.